FERNANDO GUTIÉRREZ DEL ARROYO
El mercado de bayas en la Colonia
En las siestas de la Colonia ha nacido un experimento sorprendente del que quiero dar cuenta en este blog. Los colonos han constituido un mercado con aquello que el jardín les brinda: peras, manzanas, ciruelitas, bayas y otras zarandajas como platos combinados. Comenzó la historia con dos férreos competidores: El Caracol Samuel (CS) y El Rincón de Pepi (RP).
Carlos dirige el Caracol Samuel; Fede es el director de cocina y Miguel su pinche. Junto a ellos, Blanca, Marina y Manuel Juan, Enrique y Pablo, echan una mano. Trabajan en una caseta según un rígido organigrama que estipula una ejemplar división del trabajo de recolectores (a los que llaman burros de carga), tenderos y cocineros. Tienen un presidente, Richi, cuya gestión brilla por su ausencia; me atrevería a decir que es honorífico. Carlos y Enrique hacen las veces de vigilantes.
El Rincón de Pepi trabaja, en cambio, como una cooperativa. Sin un reparto definido de tareas, aquí trabajan codo con codo Elisa, Bea, Marta, Irene, Marina Sierra, Lucía e Inés. Y merodea Alberto, el vigilante.
Estos dos grupos se repartían el mercado hasta que el CS sufrió una escisión: Joaco, Alfonso y Manu Ramos, que recibían poca atención en la plantilla oficial, se desgajaron y constituyeron otro comercio: La Tienda de los Contreras (TC). El mercado se ampliaba así y la competencia también, aunque curiosamente, Richi pemanece como presidente de ambas sucursales, sin mediar entre sus desavenencias.
El CS y la TC comparten territorio. Al otro lado del jardín se ubica el RP. Podría decirse que forman dos países colindantes, pues entre ellos hay una frontera bien delimitada, y un control de pasaportes que opera al grito de “comercio”. Existe una cárcel compartida, la rueda, que retiene temporalmente a los que cometen fechorías y obstaculizan el comercio. Ambos países comparten moneda (las flores), así que no se precisan intermediarios financieros o tasas de cambio ni existen costes de transacción. Una aparente paz reina en el jardín, porque la propiedad está bien definida y la hacen respetar los tenderos y los vigilantes. Por último, se da la interesantísima peculiaridad de que cada país tiene diferentes recursos: las flores y las peras crecen en el territorio del CS y la TC, mientras que el RP disfruta de manzanas, peras y ciruelas, lo que significa que, de partida, los unos son ricos en papel moneda y los otros en recursos naturales, a pesar de lo cual se han dedicado a disfrutar las ventajas del comercio. Por medio de un contrato, ambos países se reparten amistosamente un árbol de bayas que se alza a ambos lados de la difusa frontera. Hasta aquí la descripción.
Para un economista, esto es un formidable campo de pruebas. El mundo aquí explicado es mucho más complejo de lo que a primera vista puede parecer. Los tenderos, para la mejor marcha de sus nobles negocios, han ideado útiles herramientas: instituciones compartidas de respeto a la propiedad (la rueda) y la definición de los derechos de propiedad (la frontera) y de contratos respetados sobre la moneda de cambio y el árbol compartido. Por último, por si esto fuera poco, han cooperado en construir una cárcel común, después de comprobar que la seguridad en el intercambio y en el suministro requería unas fuerzas del orden que hicieran cumplir esas instituciones y contratos. Por ejemplo, Álvaro es un independiente sospechoso del que desconfían los demás porque se dice fiel a cada tienda, aunque todos reconocen ya que es un habilidoso espía y un maleante que se ha dado últimamente al hurto de unos y otros. La cárcel hace su papel con éste y otros malhechores. En suma, el propósito común a ambos lados de la frontera, la buena marcha de los negocios, ha sido suficiente para alcanzar tan alto grado de cooperación y seguridad.
Quizá el lector haya pasado por alto otras características también relevantes: los monstruitos son racionales y saben perfectamente qué grado de cooperación y qué tipo de contratos son útiles para sus negocios y los de todos. Todos tienen pretensiones monopolísticas para hacerse con el mercado y engordar los beneficios, pero todos han entendido que las buenas prácticas y el respeto mutuo a la propiedad generan mejores ganancias. Y todos conocen qué estrategia les favorece en el corto plazo pero les es perjudicial en el medio y largo.
Todos poseen la misma infraestructura, las casetas, pero diferentes recursos, lo cual no ha sido impedimento para instaurar fecundas relaciones comerciales entre ellos; El RP carece de dinero pero tiene reservas gracias a las exportaciones de manzanas y ciruelas. Cada uno se ha organizado de la manera que creyó conveniente: una estructura piramidal con un reparto de tareas bien delimitado en el caso del CS y una relajada cooperativa en el caso del RP. Cada tienda vende productos primarios y también elaboradas manufacturas, que precisan incluso la designación de directores y subdirectores de cocina. Todos aceptan la misma moneda y todos han reaccionado a la competencia con la apertura de la Tienda de los Contreras ajustando sus márgenes comerciales; ésta última, no por casualidad, y para darse a conocer, ha mostrado la estrategia de precios más agresiva, de la que se lamentan el resto de competidores.
¿Qué le falta a este mundo? Pues poca cosa: tecnología, inversión para no esquilmar los recursos naturales y quizá un sector público que regule las condiciones de trabajo y redistribuya la riqueza generada. Pero con entendimiento y cordialidad, las cosas marchan bien por ahora.
De todo esto, lo más sorprendente es la pretensión de los colonos de ejercitar y profundizar en la libertad económica, la suya y la ajena. Ellos lo consideran algo natural y lo reconocen en el resto. Como escribía John Stuart Mill, esta libertad es inherente al ser humano porque éste anhela la prosperidad. No por casualidad, y aunque fuera diana de críticas por ser símbolo de codicia y mecanismo desacralizador de las relaciones humanas, la libertad económica se emparenta en el ideario liberal con su hermana gemela, la libertad política. Según la idea milliana, la noble aspiración de la libertad en cualquiera de sus formas impide cualquier intromisión “perfeccionista”, que es aquella que pretende prohibir actos, pensamientos o voluntades con la mera base de su inmoralidad. Por eso, mientras no haya “daño a tercero” (un concepto elástico pero consistente que influiría enormemente en la filosofía política contemporánea), nada puede censurarse por inmoral, ya sea vestir como uno quiera, ser homosexualidad o, en lo que interesa, ejercitar libremente el proyecto empresarial. Ciertamente, éste sí puede generar daño a tercero cuando no existe respeto a la propiedad, instituciones o comercio. Pero en la Colonia, no ha sucedido: estos monstruitos espabilados desconocen haber engendrado mecanismos necesarios y provechosos para tal fín. Han fomentado y garantizado la convivencia, el intercambio y el reparto de recursos. Pocas actividades con profesores entrometidos hubieran podido alcanzar el éxito de este espontáneo experimento de ingeniería social. Y todo…sin que ellos se enteren.
martes, 31 de julio de 2007
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2 comentarios:
mentira es richi y manu
mentira es richi y manu
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